Existe una ley tan antigua como el primer contador de historias sentado alrededor del primer fuego, intentando explicarle a la tribu por qué convenía no acercarse demasiado al acantilado.
Nadie ha cambiado jamás de opinión, de marca o de vida por culpa de una biografía profesional aburrida.
Y sin embargo, aquí estás, leyendo una, con la esperanza secreta de que esta sea la excepción.
Así que, OK, vamos a intentarlo.

Mi nombre legal es Antonio Solís. Mi nombre de guerra, el que uso para todo lo que realmente importa fuera de mi círculo cercano, es Josanto.
Si te preguntas por qué alguien necesita dos nombres para hacer esencialmente el mismo trabajo, bienvenido a tu primera lección gratuita sobre narrativa estratégica: la identidad, como cualquier buena historia, funciona mejor cuando tiene una ligera capa de misterio bien administrada por encima.
Soy Administrador de Empresas y Tecnólogo por la Universidad Autónoma de Tamaulipas, título que obtuve en una época legendaria en que todavía creía que las hojas de cálculo podían resolver problemas humanos.
Pasé años corrigiendo esa ingenua suposición antes de formarme como business storyteller en The Story Studio, una bonita y MUY neoyorkina academia, donde finalmente entendí lo que ya sospechaba desde hacía tiempo: los números explican qué pasó. Las historias explican por qué a alguien debería importarle un carajo.
Y casi nadie, en ningún comité directivo del planeta, se conmueve genuinamente ante una hoja de Excel, sin importar cuántos colores corporativos le pongas encima.
Llevo más de dos décadas dedicado a la narrativa estratégica, un territorio extraño donde el mundo empresarial y el mundo literario dejan de fingir que se llevan mal.
Porque no es así. Nunca lo ha sido.
Un CEO defendiendo su visión ante inversionistas escépticos y un novelista defendiendo a su protagonista frente a un editor implacable están, en esencia, haciendo exactamente lo mismo: convenciendo a un extraño de que se quede a ver cómo termina la historia.
Mis herramientas de especialización son dos, y me niego rotundamente a fingir que tengo más de dos, porque la especialización real no se disfraza de menú de restaurante.
La primera es el storytelling: la arquitectura, el ritmo, el esqueleto invisible que sostiene cualquier mensaje que sobrevive más de cinco minutos en la memoria de alguien.
La segunda es el conflicto: la tensión, la fricción, la distancia incómoda entre donde alguien está y donde quiere estar, con todos los obstáculos enfrente, que es (les guste o no a los departamentos de relaciones públicas) el único ingrediente que ha logrado, en toda la historia documentada de la comunicación humana, hacer que a un extraño pregunte: “¡¿Joder, y luego que pasó?!”
He usado esas dos herramientas para ayudar a construir docenas de marcas, tanto personales como empresariales, la mayoría de las cuales llegaron a mí con el mismo síntoma: contenido técnicamente perfecto, absolutamente invisible, y una sala de juntas con bostezos como música de fondo.
Gente brillante preguntándose, con genuina perplejidad, por qué nadie les prestaba atención.
He servido de tutor a varias generaciones de líderes, CEOs, founders, emprendedores y coaches que necesitaban algo que ningún curso de fin de semana podía ofrecerles: una voz propia, reconocible sin firma, imposible de confundir con la del competidor de al lado.
Pero antes de tutor, y sospecho que hasta mi último día, soy novelista.
Escribo fantasía oscura, casi siempre complementada con dosis generosas de romance o de terror psicológico, para públicos que van del Young Adult al New Adult, esa franja de lectores que aún cree, no sin justas razones, que el mundo tiene monstruos reales y que sobrevivirlos importa.
Cada una de mis historias, sin excepción, se sostiene sobre un conflicto fuerte y descaradamente dramático, porque he pasado veinte años convenciendo a ejecutivos de exactamente lo mismo que aplico y compruebo en cada manuscrito: sin tensión real, sin algo que de verdad esté en riesgo de perderse, no tienes una historia. Tienes un informe con diálogos.
Si conoces a alguien que se emocione hasta las lágrimas viendo un informe con diálogos, de verdad, recomiéndale salir más.
He escrito además una docena de libros adicionales (biografías, obras especializadas y hasta ficción LGBTQ+) como ghostwriter para figuras cuya identidad protejo con el mismo celo con el que un mago protege el truco del conejo: no porque haya algo vergonzoso que ocultar, sino porque el oficio exige desaparecer con elegancia después de hacer el trabajo pesado. No muy distinto de los amantes de nueve a cinco.
Si has llegado hasta aquí, ya sospechas lo que viene.
Yo no vendo plantillas, ni fórmulas mágicas, ni ese horrendo optimismo genérico que promete transformar tu marca (o tu manuscrito) en once pasos publicados en un carrusel de LinkedIn.
Vendo estructura, tensión, y la incomodidad productiva de buscarte un buen adversario y declararle una guerra justa en lugar de someterte hasta la extinción.
Porque al final, y esto lo digo con la certeza de quien lleva dos décadas observando el patrón repetirse sin excepción, tanto en salas de juntas como en páginas de manuscritos: a un narrador se le puede perdonar prácticamente todo. Menos el pecado de ser aburrido.
Y yo soy un tipo de muchos y diversos pecados, pero ESE juré no cometerlo jamás.